Apuntes simbólicos del nombre Kalem

El nombre Kalem es homofónico de Kalen, palabra originaria de los indígenas americanos selknam (también selk’nam o shelknam), más conocidos como onas, habitantes de la Isla Grande de Tierra del Fuego en el extremo sur de la Argentina. Significa «ser otro, diferente».

Antes de su casi extinción por la mano genocida del conquistador blanco, los onas eran nómadas terrestres, cazadores y recolectores. Los ancestros de los selknam llegaron a la Tierra del Fuego posiblemente antes de que ésta se convirtiera en una isla. Habitaban principalmente el norte y centro de la misma. El contacto con los colonizadores comenzó en 1520 cuando Magallanes descubrió el estrecho que lleva su nombre y vio las fogatas de los indígenas que motivaron el nombre del territorio.

Los onas eran un pueblo aprendiz del silencio de los fríos confines, donde surgen las convocatorias más profundas y sensibles de la identidad comunitaria. Hábiles baqueanos de los fiordos, canales y montañas curtieron sus personalidades generando un altruismo y solidaridad que junto a su presencia serena y estoica dejaron huellas imborrables en el arquetipo colectivo de la comunión con el otro. Aprendieron y enseñaron que lo otro, lo diferente estaba integrado y sin distinciones a sus vidas.

Kalen. «Ser otro, diferente». Ese otro, el o lo diferente, el que así viene, es la metáfora del encuentro con aquello que nos iguala, nos refleja, nos cobija. Al decir de Martin Buber, “esa reunión…”, con el otro, “…ha de ser experimentada en la acción viva y el sufrimiento en sí, en la irreductible inmediatez del momento”. El otro, como astro emergente en nuestro horizonte, hace posible el mestizaje, la concordia, el vaciamiento de nuestro ser para la creación de un vínculo, una relación que nos asimila al origen y dota de sentido pleno a nuestro devenir.

El Sutra del Diamante (texto budista mahayana del siglo IX dC.) describe que “todos los fenómenos son como un sueño, una ilusión, una burbuja y una sombra, como rocío y rayo”. Aquí lo diferente ya no es diferente. El otro, siendo parte de lo efímero y descentrado del caos generatriz del cosmos, es humus fresco para que cada una y todas nuestras semillas revelen y realicen la sabiduría de su ser.

La Anatomía Simbólica de la palabra, como herramienta deconstuctiva, se puede traducir como una descarga fulgurante de sentido vacuificador que instaura un nuevo régimen de desasimiento de la estructura enfocada.

Siendo como un relámpago pulverizador de ilusiones, como un resplandor vivo e instantáneo que repentiza y realinea los órdenes subyacentes de una construcción, esta mirada permite el surgimiento de claridades momentáneas que desasimilan las formas del lenguaje tradicional, abriendo nuevas huellas para ser uno con la palabra, que renace y vibra temblorosa al reflejar nuevas luces que provienen del observador-observado.

En Kalem, desde la perspectiva y visión perspicua de la Anatomía Simbólica del lenguaje, se asimilan e integran múltiples universos significantes. El desamblaje y desembalaje de las letras genera una cascada de núcleos simbólicos que abren nuevos caminos de relación con el significado de la palabra.

La secuencia creciente de las consonantes de la palabra Kalem, K, L y M, connota ascencionalidad, desarrollo, progresión y evolución. Estas letras son la raíz desde donde emerge la potencia significante de la palabra, revelando una dinámica de estímulo y transformación, que danza elevándose hacia el infinito de lo diferente.

La letra inicial K, hija directa de la protosemítica Kaph, representa el ideograma activo de la palma de la mano, que abierta, receptiva y dadora establece la primera apertura al ser, a lo otro que ahí se aproxima. La mano nos simboliza como homus compasivo, como aquel que resume en la caricia y el contácto la presencia que sostiene el crecimiento del otro. La morfología de la K deviene en el hombre que se pone en marcha, que con sus brazos abiertos tiene la capacidad de recibir y ofrendar sus sabores y saberes.

La segunda letra, la letra A, originada en la infinita Aleph de los hebreos, permite el registro del origen, de un comienzo que ordena y organiza, trasladando y actualizando tradiciones y saberes de los ancestros. La unidad de lo indivisible que todo lo iguala se reproduce inefable en la mística de la letra que inicia el alfabeto y conduce el proceso hacia la potencia misteriosa de lo divino. Marca el ascenso a la montaña sagrada que cada uno incorpora como flecha directriz en el camino a su centro.

La letra L medial, concentra la capacidad potenciadora de la Lamed, letra del movimiento, siendo el estímulo vectorial que aguijonea lo quieto, lo estático, y verbaliza con acciones los intentos del dar y compartir. Es la enseñanza que se transmite transparente actualizando narraciones, dialogos y trazos de la mística que nos antecede. Su forma, análoga a lo recto, es como una escuadra que mide la tierra simbolizando el espacio a conquistar, ordenando la materia y estableciendo el respeto por el orden.

El soplo vivificante de la letra E, dada a luz por la Hei sinaítica, asombra insuflando de espíritu la visión ascencional que se desliza en Kalem. La vacuidad de la nada creativa se deja entrever en los pliegues del aliento que se forman en el abrazo con lo otro. Pura energía celeste que se imbrica en la vida zigzagueante del rayo vital. Como tridente y peine de las aguas primordiales, la E define la integración de los contrarios, alquimiza las resonancias de la profundidad de los mares inconscientes.

El cierre matriz de la letra M, madre de las aguas, madre de las madres, culmina de plenitudes en lo otro, en lo diferente omniabarcante de las presencias infinitas de la forma. Es la medida de la materia justa que nos constituye reflejando el origen primordial que nos conecta y relaciona. En su valle anida la potencia radical de lo que se gesta con amor.

Como estrellas de una constelación que vislumbra el destello de lo otro, Kalem a través de sus letras, se configura como una mano-cuenco que ordena y orienta la tradición de la unidad como un todo que moviliza el espíritu de la vida a través del alimento que proviene de sus entrañas.

La estructura fonética y sonora de la palabra es creadora de un abanico de significados simbólicos. Por su poder evocador, se ha supuesto que los sonidos son capaces de reproducir estados de ánimo, emociones, sensaciones e ideas. En el caso de la palabra Kalem, cobra importancia la letra inicial, la letra consonante K, por su impactante sonorancia. Al tener la característica de ser oclusiva y explosiva, la palabra se carga de atributos de resistencia, contención y obstáculo para luego producir una liberación sonora que resuena en un estímulo que contribuye al estar atento y perceptivo. Esta misma letra genera una asociación a lo velado que debe ser desvelado: una actitud de hermeneuta implícita en su melodía. El esfuerzo implícito está en activar los mecanismos de resonancia y escucha para complementar y compensar su faceta de ser una letra sorda, es decir que no activa las vibraciones de las cuerdas vocales, para dar cabida y receptividad a lo otro, lo diferente.

Las cinco letras que conforman la estructura de la palabra Kalem, redundan en la simbólica del pentáculo. Emerge el símbolo del hombre, que con su mano, sus cinco sentidos, sus cinco extremidades, enraizado en la turbulencia del ser cambiante e impermanente, lúcido y desbordante de plenitudes, está potencialmente dispuesto a parir-partir su ego para naturalizar su ser en la fusión con el otro.

En este fugaz darse al otro, con el otro, en el otro, la certeza del haikú revela la potencia del hallazgo:

El otro en mí,
relámpago de vida.
 Un sol ahora.

El otro, como nosotros, es merecedor de nuestros dones, de nuestras suaves miradas, de nuestras sonrisas, de nuestras palabras amorosas, de nuestros esfuerzos, de nuestros servicios y nuestro cobijo. En nosotros anida el otro, que como oro brilla señalando el rostro de la experiencia pura, la sutil emanación de aquello que no reconoce la dualidad y produce la mejor de nuestras realizaciones en el encuentro con la alteridad, lo diferente.

Edgardo Werbin Brener
Analista de símbolos
ewb@fibertel.com.ar